AztecWorld

jueves, septiembre 11, 2014

Lágrimas en la Lluvia

Si no me fallan las cuentas, debía ser a principios del año 98, ya que era mi segundo año de carrera; tenía un compañero de piso que era gallego, pero que residía en Madrid, y que vivía con la espada de Damocles pendiendo sobre él, puesto que tenía todavía dos asignaturas del primer curso y, como quiera que el máximo de convocatorias posibles era de seis, si volvía a suspender una de ellas tenía que abandonar, sí o sí, la universidad. De hecho, eso es lo que terminó sucediendo. Aún recuerdo la despedida, antes de las vacaciones de verano: de esos abrazos que se dan como si nada a pesar de que ambas partes saben que ya no habrá un reencuentro.


De él recuerdo tres cosas con especialmente: por un lado, que todos los domingos nos comíamos, y así me ha ido a mí después, una pizza familiar cada uno mientras veíamos Expediente-X, que se emitía en España por aquel entonces por primera vez. En segundo lugar, que fue él quien me aficionó a salir a correr, aunque se trata de una afición que abandoné al acabar la carrera. Y, en tercer lugar, las tertulias de después de comer, en las que el hombre terminaba aburrido de que diese la vuelta a todos sus argumentos una vez sí y otra también. Y menos mal que tenía más paciencia que el santo Job, porque el tío, a pesar de ser, más bien, pequeñito, parecía Tarzán.

Estaba apuntado a Ur Kirolak, un club de remo cuya sede se encuentra en el barrio de Loiola de San Sebastián, a orillas del Urumea, y que suele competir en la bandera de la Concha e, imagino, también en otras competiciones de traineras, aunque no se caracteriza precisamente por tener la vitrina repleta de trofeos. Y allí, en dicha sede, hay una sociedad gastronómica de la que son socios todos los remeros del club, por lo que mi compañero lo era.

La noche del combate de boxeo entre Hollyfield y Foreman fuimos a verlo a la citada sociedad; yo no soy muy aficionado al boxeo, pero no me importa ver un buen combate de vez en cuando, y él sí que lo era, así que el plan era ver el combate que, por la diferencia horaria, empezaba a las 12 de la noche y, a continuación, un clásico del cine de ciencia ficción que por aquel entonces yo no había visto todavía y me apetecía ver a pesar de que el film es del año 1982, como era Blade Runner.

Y así, en un sofá de la planta baja de un caserón enorme a orillas del Urumea, fue como vi por primera vez la que posiblemente sea la mejor escena del cine de ciencia-ficción de todos los tiempos:

https://www.youtube.com/watch?v=oURDjJoECTk

Ni que decir tiene que de esta escena salen los versos:

“Universo expandiendo,
singular constelación
hecha de naves ardiendo
a diez parsecs de Orión.”

No podía por menos que incluirla en alguno de mis poemas, aunque tuviesen que pasar nada menos que 15 años desde aquella fría noche de Enero del 98 en que dos recién veinteañeros recorrieran lentamente, a las intempestivas 4 de la mañana, el camino de regreso a un piso en la Calle Vergara de San Sebastián aquejado de una epidemia en forma de cucaracha.


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lunes, marzo 31, 2014

Reflexiones Varias

Este último fin de semana, paseando por las calles de Donosti, me ha dado por darme cuenta de que a mediados de Septiembre hará 18 años que emigré de mi Vinuesa natal; es decir, más de media vida. Y, como tantas otras veces, me ha dado también por fijarme en todo lo que ha cambiado la ciudad en estos 18 años.


En realidad, no ha cambiado sólo la ciudad; ha cambiado todo. Hace 18 años, cuando era un mozalbete de poco más de 17 con unas ganas enormes de comerme el mundo, España funcionaba en pesetas, y con 5.000 pesetas pasabas un fin de semana y te sobraba dinero; hoy, con 30€, te da vergüenza salir de casa. Los tipos de interés al consumo frisaban el 13,5%, y habían llegado a estar por encima del 20%; hoy, los más altos, andan rondando el 10%, y eso que estamos en una etapa de contracción crediticia.

El que tenía un ordenador en casa era un privilegiado, mientras que hoy es un pringado el que no lo tiene, no ya en casa, sino en el teléfono. Que, por cierto, todavía no había móviles. El 99,9% de lo que escribía entonces se ha perdido porque los cuadernos en que lo hacía sólo Dios sabe donde están (y mejor: seguro que hoy me daría vergüenza leerlo). El 99,9% de lo que escribimos hoy, incluso sin ánimo de que quede registrado en parte alguna, permanece accesible al menos un tiempo.

Y volviendo a San Sebastián: ya en los dos primeros años, donde sólo había una inmensa pradera, en Benta Berri, si izaron de golpe bloques enteros de pisos, al igual que sucediese, años después, con las marismas de Riberas de Loyola. Donde había un monte apareció, de repente, una plaza de toros y una zona de ocio que ha tenido tiempo no sólo de alcanzar el cénit: también de casi extinguirse. Donde sólo había una variante hay hoy tres cinturones. Y, como los anteriores, tantos y tantos otros cambios que se han ido produciendo a lo largo de todos estos años en cada barrio concreto y en toda la ciudad en su conjunto. Y de todo el país.

Hoy en día nos estamos muriendo de sobreendeudamiento; en el caso de España, fundamentalmente privado, si bien buena parte se ha transferido y se sigue transfiriendo al sector público. Pero, volviendo la vista atrás, cabe darse cuenta de que, aún cuando una parte de ese endeudamiento que hoy estamos pagando se lo haya llevado el demonio en forma de obras inútiles y latrocinios políticos, también hay una buena parte del mismo, la mayor, que ha ido a parar a levantar cosas que hoy están ahí y nos hacen la vida más fácil.

Supongo que la vida siempre ha sido así, y que todas las generaciones anteriores, en algún momento de sus vidas, inventariaron sus logros y trataron de reducir a la mínima expresión el resultado de sus errores. Pero no puedo por menos que preguntarme si los hoy mozalbetes de 17 años y pico con unas ansias enormes por comerse el mundo, al volver la vista atrás dentro de 18 años, podrán decir que su mundo ha cambiado tanto y tan a mejor como a mí me parece que ha cambiado el mío. Porque la intuición me dice que, aunque sólo sea en ese sentido, puedo considerarme un privilegiado.

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miércoles, febrero 12, 2014

Aquellos maravillosos años V: Mi amigo Gregorio

Lo cierto es que por la época en que dejé de publicar en este blog la historia que voy a contar era presente y siguió siéndolo un tiempo más, pero hoy es pasado y bien pasado, y por eso procedo a contarla.


Una de las conclusiones que pueden extraerse (y me permito el lujo de empezar concluyendo) es que la vida, en ocasiones, es irónica de cojones. Y es que tiene guasa que a uno que no sólo no tiene un clavel, sino que tiene un saldo deudor considerable en su cuenta corriente, le abra las puertas de un taxi el conserje de un hotel de 5 estrellas en el centro de Madrid. Claro, que también tiene guasa que te invite a almorzar un australiano en ese mismo hotel y el almuerzo sean Doritos y cacahuetes; no sabe uno muy bien si pensar que en Australia tienen un extraño concepto de lo que es almorzar, o que en los hoteles de 5 estrellas estirarse sale caro.

El australiano en cuestión se llamaba Gregorio, y trabajaba para un fondo de inversión australiano que buscaba colocar una cantidad ingente de € en proyectos de energías renovables en diversos países europeos, con lo que el bueno de Gregorio estaba unos días en Madrid, otros en Roma, otros en Londres, etc, etc. La verdad es que si su perfil corresponde a lo que en la actualidad se entiende por éxito profesional, no le arriendo la ganancia por grande que esta sea; y es que no creo que tuviese a nadie esperándolo en Sidney para decirle “bonitos ojos tienes”.

Pero el personaje de la historia, con todo y ser un tío muy majo que se ganaba el sueldo soportando todo el día a sanguijuelas como yo y aún peores (las sanguijuelas afloran allá donde abunda la pasta), no es el quiz de la cuestión. La cuestión es que de aquella experiencia saqué una visión bastante clara de cómo funciona el cotarro.

La empresa para la que trabajaba Gregorio se dedicaba, básicamente, a recabar pasta de miles de ahorradores australianos ofertándoles productos financieros tales como planes de pensiones, seguros y otros. La golosina para captarlos era, lógicamente, una rentabilidad anual X, y la forma de hacer frente a los compromisos adquiridos con dichos ahorradores era invirtiendo todo ese dinero de forma que se obtuviera una rentabilidad Y mayor. Y los proyectos de energías renovables encajaban perfectamente en ese esquema.

Dicho de otro modo: la empresa buscaba, como todas las empresas, ganar dinero; y lo que conseguía en el desempeño de su actividad era que una serie de recursos que estaban inmovilizados en un lugar (Australia) viajasen a otro lugar (España) para ser utilizados en la creación de infraestructuras y, por ende, de puestos de trabajo.

Me falta por añadir que la empresa de Gregorio era, y será todavía, una SICAV; y que mi cometido en todo este asunto era buscar empresas españolas que tuviesen proyectos en fases avanzadas y presentárselas a cambio de una comisión en caso de éxito. Hace como cuatro años que tuve noticias de su existencia por última vez: andaban interesados en la compra de proyectos en Francia, y la verdad es que ya no me hice mucho caso; se había convertido en un tren que no me interesaba coger. Al menos, no en ese momento.


Camino iluminado por Huichilobos >> 7:06 p. m. :: 0 Recuerdos...

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sábado, febrero 01, 2014

A una persona muy especial

Hubo una época de mi vida, allá por los primeros veinte, en que llenaba gran parte de mi tiempo libre devorando novelas de un tal Stephen King. Recuerdo que, de pequeño, me meaba por la pata abajo cuando entraba al Corte Inglés de Vinuesa y veía la portada del ejemplar de It que había en el expositor; y quizás fuese precisamente por eso, por vencer ese miedo atávico, por lo que me dio por liarme con sus libros, incluido ese, más de quince años más tarde.


También fue en los primeros veinte cuando me vi en la necesidad de aprender francés, y uno de los métodos que empleaba era, como lector voraz que he sido la mayor parte de mi vida, comprarme libros en francés y devorarlos. Y así, uniendo una pasión con una necesidad, fui a caer con uno que se titulaba “Corazones perdidos en la Atlántida”. El libro en sí no era ninguna maravilla, pero el título era, y es, muy sugerente, y lo he aplicado desde entonces a todas las personas que me he cruzado por la vida y que dan la sensación de moverse desanimadamente, como si hubieran perdido todas las referencias. También alguno de los personajes del libro respondía a ese patrón.

Me han retratado dos veces en mi vida; una de ellas todavía la conservo colgada en la pared encima de mi cama, y seguramente la relate en otra ocasión dado que terminó en una aventura de lo más sabiniano por las calles de Lisboa. La otra, que no guardé, me la hizo a los 16 o 17 un tal Vicente Gómez Alonso cuando trabajaba de camarero en el que entonces se llamaba mesón El Robledo en Vinuesa. Y con un boli BIC y un folio, que manda bemoles. Don Vicente es una de esas personas a las que incluyo en mi colección particular de corazones perdidos en la Atlántida.

No era arquitecto porque le faltaba por aprobar una asignatura de la carrera que, supongo, estudiaría en algún plan aún más antiguo que el del 64. Tampoco es que eso quisiera decir gran cosa, ya que era, de seguro, más arquitecto que muchos de los que firmaban proyectos de obra en aquellos tiempos y que no tendrían ni primero de carrera. Eran tiempos en que uno ni siquiera necesitaba el título de abogado para poder mandar a una persona al patíbulo, como demuestra el proceso Grimau.

En cualquier caso, no me consta que llegase a ejercer de arquitecto, y sí que durante bastantes años fue profesor de dibujo de secundaria en un instituto de Logroño. Hasta que acabó de los nervios, cosa nada difícil en un instituto: los niños son, en general, unos hijos de puta egoístas. Y a ciertas edades más. Y, además, al igual que los leones, tienen tendencia a cebarse con la gacela más débil. No recuerdo exactamente la figura administrativa que se le aplicó, pero no volvió a dedicarse a la docencia de forma oficial y empezó a dedicar más tiempo a su verdadera pasión: pintar. En el bar Eguren se encuentran todavía dos o tres de sus obras pictóricas.

Sin embargo, que no lo hiciera de forma oficial no quiere decir que no fuese docente extraoficialmente; en el verano del 96 yo ya sabía que iba a estudiar ingeniería industrial; y tenía un pequeño problemilla: no había hecho dibujo desde 1º de BUP, por lo que tenía carencias bastante importantes en ese campo. Que tampoco es que las mejorase mucho después: aún cuando conseguí aprobar la asignatura en Septiembre del primer año de carrera, mis láminas seguían pareciendo códigos de barras con las líneas desdibujadas. El caso es que durante todo aquel verano del año 96, Don Vicente estuvo viniendo todos los días al bar a darme clases de dibujo técnico.

Hoy hace como quince años que no sé nada de él y, sin embargo, sí que lo recuerdo con nostalgia con cierta frecuencia; por eso mismo he querido dedicarle a él este primer artículo de esta nueva etapa como blogger: para honrar las memorias que conservo de alguien que se divertía afirmando que era “Vigoa del Rey”.




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sábado, enero 18, 2014

El retorno del Jedi

Pues nada, que 5 años y 2 meses después, y tras una semana de profundas reflexiones, he decidido que voy a:

http://www.youtube.com/watch?v=IsD4DSQ2RY4

Entre las profundas reflexiones de la semana se encontraba la de repasar las antiguas entradas por si hubiera algo que modificar o suprimir por el aquel de no herir sensibilidades, pero no me da la gana trabajar dos veces.

Como diría Francisco de Quevedo:

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.

Salíme al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.

Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.

Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.


Hasta muy pronto.

Camino iluminado por Huichilobos >> 8:35 a. m. :: 0 Recuerdos...

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miércoles, septiembre 30, 2009

Aquellos Maravillosos Años IV: A la caza del grillo rebelde

Bueno, pues ahora que entre Anuska, William the Conqueror y alguno más me han convencido de volver a ponerme manos a la obra en la construcción de este pequeño rincón que me fabricase hace ya más de 3 años, voy a recuperar esta sección para seguir relatando mis memorias de otras épocas.

Ciertamente, ignoro cómo discurrirán los monótonos días visontinos para todos los infantes que en Vinuesa son en estos días, pero apuesto a que poco tiene que ver con el discurrir de los días de los infantes que en Vinuesa éramos otrora. Y lo cierto es que en aquella época, el mero hecho de que un infante fuese, en Vinuesa, equivalía a que la libertad, cuando no la vida, de muchos ejemplares del reino animal en sus diversas manifestaciones dejase de ser.

No sé si cuando hablé del puente Revinuesa hice alguna mención a los murciélagos que hacían su morada de los huecos existentes por debajo de la barandilla; si no la hice entonces, la hago ahora. Esto era en el antiguo puente verde de tres ojos; ignoro si siguen anidando bajo las cejas del polifemo que levantaron de las ruinas de aquel.

La cuestión es que los pobres animalitos, de costumbres nocturnas como es sabido, corrían el riesgo de llevarse un chapuzón a plena luz del día de manos de algún infante que, cual vareador de olivos, introdujese una vara por los citados recovecos del puente. Y el chapuzón no era lo peor; bien pudiera ser que luego tuviese que fumarse un pitillo de una sola calada; y digo de una sola calada porque los pobres no saben fumar de otra forma. Hasta se hinchan.

También solíamos hacer cacerías nocturnas de caracoles. La cosa no tenía mucho misterio, puesto que el sigilo no es cualidad imprescindible en el cazador de caracoles; ni aun ponerse contra el viento es requerido. Lo que sí es menester, además de una linterna, es un poco de precaución con respecto al sitio en que se pone el pie. Puede suceder que el lugar elegido sean, por ejemplo, los restos recientes de la excrección de algún bóvido. Y, en ese caso, el resultado suele ser la conseguiente caída por su propio peso, con desagradable y maloliente mancha en los pantalones como obsequio de excepción. Y ojo; lo digo por experiencia.

De todos modos, centrándonos en la materia que da pie al artículo, lo que molaba de verdad eran las cacerías de grillos. Eran de ver todos los prados y fincas de Vinuesa en los primeros meses de estío con todo el coro de bichejos negros batiendo alas al unísono. Y si a eso se le sumaba el coro de las culebras emitiendo su particular sonido desde los zarzales que siempre adornaban las paredes de los prados, aquello parecía el concierto de Año Nuevo. Supongo que lo seguirá pareciendo.

Para la caza del grillo, había dos técnicas. La primera consistía en introducir una pajita por el agujero hasta que el animalejo, no se sabe muy bien si por cabreo, por hastío o por sentirse molesto, salía del mismo. También podía darse el caso de que saliese directamente arrastrado por la propia pajita. Lo malo de este método era que, en ocasiones, cuando el grillo oponía resistencia, podía tardar mucho en salir; y también que, algunas veces, le faltaban varias patas al salir porque se las ha arrancado la pajita, lo cual quedaba un poco bestiajo. ¡¡ Si se llega a enterar la Brigitte Bardot o alguno de esos !!.

La otra técnica era más efectiva: consistía en inundar el agujero para que el insecto saliese so pena de morir ahogado. Lo cierto es que, una vez inundado el agujero, era cuestión de segundos que, si el grillo estaba dentro, saliese al exterior. Y entonces era presa fácil. La forma de inundar el agujero era por medio de agua, claro; pero un factor importante a tener en cuenta era que el agua podía no encontrarse cerca del lugar de la batida, por lo que lo que solía hacerse era llevarla incorporada, previa ingestión en abundancia en el hogar de cada cual.

El resultado final de las cacerías de grillos era que cada infante tenía en su casa un bote vacío de Cola-Cao o de Nesquick donde guardaba todos los grillos que cazaba durante la temporada, junto con un puñado de trébol, que era de lo que la manada se alimentaba. Así es que, por la noche, el mismo ruido que atronase los campos visontinos durante el día se reproducía en todos los hogares donde hubiese un infante al ritmo de las alas amarillentas de los grillos hembra.

Los grillos macho eran de lo más aburrido. No hacían absolutamente nada más que estar, y lo más normal era que, pasados varios días, apareciesen muertos en el fondo del bote con medio cuerpo comido. A decir verdad, nunca he terminado de entender por qué la naturaleza impone esa suerte final a los machos de algunas especies de insectos. Pero ... ¡¡ Qué le vamos a hacer !!. La naturaleza es sabia.

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domingo, septiembre 27, 2009

Las niñas ya no quieren ser princesas

Voy a pasar por alto el ínfimo -de puro pequeño. detalle de que, si bien estoy en la obligación de sufragarle al impoluto sus idas y venidas por aquello de haber salido elegido en las urnas, ello no me obliga en absoluto a sufragar las idas y venidas ni de su cónyuge, ni de sus descendientes, ya que ninguno de ellos ha pasado previamente un proceso de sufragio universal. Y, puestos, dado que se trata de mi dinero (y el de unos cuantos millones de paisanos), tanta ilu o más me puede hacer a mí, o a cualquiera de esos millones de paisanos, el conocer al tío más poderoso del planeta como pueda hacérsela al cónyuge y los descendientes del impoluto.

También voy a pasar por alto, vista la polémica desatada, la incoherencia del impoluto al reclamar privacidad en un acto público pagado con fondos públicos. O sea, lo que faltaba. Si no quieres que las nenas salgan en la foto, no las lleves, mameluco.

Por último, permítaseme también pasar por alto otra incoherencia más del impoluto: o sea, si las nenas quieren salir en la foto, y es seguro que quieren habida cuenta de la ilu que debe hacerles el posar con el tío más poderoso del planeta, ¿quién es el impoluto para impedírselo?. ¿Sólo porque son menores de edad?. ¡¡ Venga ya, no riles tío !!. O sea, que tu opinión pinta cero patatero si se quedan preñadas y deciden ir a que les desgarren las entrañas a cambio de seguirabundando en su irresponsabilidad, pero es ley cuando de salir por la tele se trata, ¿no?. Guay.

Y ahora, vamos a lo importante: ¿acaso a las petazetas no les ha dicho nadie que son hijas del presidente de un país que hasta hace cuatro días era la 8ª potencia económica del mundo?.¿O se lo han dicho y no les han explicado en qué consiste?. ¿Cómo coño se puede ir a visitar al tío más poderoso del planeta de esa facha?. Y, por ende, ¿cómo puede el tío más poderoso del planeta no mandarlas a freir espárragos?.

Dice la canción de Sabina que las niñas ya no quieren ser princesas. Hace ya 30 años que sacó dicha canción. Y a la vista está: no quieren serlo ni aún cuando lo son. Y lo que es peor: encima representan a una nación que se suponía seria y respetable. País!!!!!!!.

Camino iluminado por Huichilobos >> 6:57 p. m. :: 0 Recuerdos...

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